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Breves reflexiones sobre "el mexicano" a partir de Octavio Paz

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Por: Juan José Sánchez


Introducción

Cualquiera que haya vivido en México lo suficiente caerá rápidamente en la cuenta de que el mexicano tiene una constitución y estatuto cultural bastante peculiar. El mexicano vive de cara a una angustia existencial, marcada por una soledad exuberante y paradójica. En este sentido, resulta vital—particularmente para el mexicano—el plantearse con detenimiento aquello que le da su carácter distintivo. La pregunta fundamental puede plantearse en los siguientes términos: ¿qué hace al mexicano ser tal? En otras palabras, aunque el análisis que se realizará a continuación parte del presupuesto metafísico de que existe algo en el ser humano que es universal y que, por consiguiente, aplica inexorablemente a todo ser humano en tanto que ser humano (una naturaleza), también parece una perogrullada el que existen elementos culturales y sociales que afectan a cada persona particular. Esto no es diferente para el mexicano. Así pues, resulta inevitable y, en términos prácticos, obligatorio plantearse la pregunta por la configuración y constitución básica del mexicano qua mexicano, y no sólo qua ser humano.


Ahora bien, aunque puede parecer que existen prima facie distintas maneras y métodos para aproximarse a esta cuestión, indubitablemente el análisis profuso del orden y notas constitutivas del mexicano requiere un acercamiento psicológico, introspectivo y (especialmente) fenomenológico. Esto es así porque, aunque no es despreciable el análisis que se puede llevar a cabo desde un “punto de vista de tercera persona” por un psicólogo, un sociólogo o un antropólogo social, el mexicano tiene “un punto de vista de primera persona”, lo cual es indispensable para descubrir el quid sit, o las notas constitutivas esenciales, del mexicano.


En este sentido, el propósito fundamental de este escrito será el de aproximarse a una descripción esencial del mexicano a partir del análisis de cuatro elementos primordiales que pueden encontrarse en buena medida en la obra de Octavio Paz: 1) la soledad del mexicano, 2) el hermetismo irreductible del mexicano, 3) la pérdida de raíces del mexicano y 4) la perpetua búsqueda de sentido y propósito del mexicano. Una vez habiendo realizado este sucinto análisis de cada uno de los puntos en cuestión, se procederá a generar una explanación radicalmente universal que permita, de ser posible, extrapolar el análisis a otros ámbitos.


La soledad del mexicano

En primer lugar, a lo largo de la obra del Laberinto de la soledad, Octavio Paz asevera sin ninguna apología que el mexicano es un ser en cuya subjetividad se encuentra una ineluctable soledad, la cual configura radicalmente el eje de su análisis ulterior. El mexicano tiene un anhelo insaciable por la comunión. Como dice Paz: “Si la historia de México es la de un pueblo que busca una forma que lo exprese, la del mexicano es la de un hombre que aspira a la comunión.”[1] Aunque esta borrascosa y tortuosa soledad puede estar relacionada, en alguna medida, con ciertas condiciones históricas, culturales y sociales, esta característica es preponderantemente constitutiva del mexicano, en tanto que se postula como la raíz de las problemáticas más profundas que encuentra el mexicano. De esta forma, la mexicanidad está constituida por una soledad desgarradora quasi-neurótica, la cual se manifiesta plena y patentemente en la desconfianza del mexicano hacia el otro.


Así pues, para Octavio Paz, la soledad tiene una doble significación. Por un lado, la soledad es la autoconsciencia pura y profunda del mexicano en tanto que alienado de una comunión viva y vibrante con el otro en tanto que otro. Por otro lado, la soledad es también el anhelo por trascender esta consciencia de sí que se aparece a sí misma como alienada de esta alteridad aparentemente inalcanzable.[2] Esta dimensión de la soledad es la que—más allá de la paradigmática muerte heideggeriana—constituye el horizonte de sentido frente al cual el mexicano vive una angustia existencial inapelable. Asimismo, tanto la muerte como la vida en conjunción con el deseo de amor y de destrucción resultan ser elementos sumamente sugerentes, los cuales se dirigen inevitablemente a la innegociable exaltación y acentuación de la vívida soledad en el mexicano.


Consecuentemente, estas dualidades fundan y culminan el estadio en cuestión de tal forma que es, según Paz, imposible no vislumbrar claramente su pertinencia en todo el obrar del ser humano, especialmente en el del mexicano. Paz afirma este dualismo tan característico de la soledad en los siguientes términos:

El dualismo inherente a toda la sociedad, y que toda sociedad aspira a resolver transformándose en comunidad, se expresa en nuestro tiempo en muchas maneras: lo bueno y lo malo, lo permitido y lo prohibido; lo ideal y lo real, lo racional y lo irracional; lo bello y lo feo; el sueño y la vigilia, los pobres y los ricos, los burgueses y los proletarios; la inocencia y la conciencia, la imaginación y el pensamiento. Por un movimiento irresistible de su propio ser, la sociedad tiende a superar este dualismo y a transformar el conjunto de solitarias enemistades que la componen un orden armonioso. Pero la sociedad moderna pretende resolver su dualismo mediante la supresión de esa dialéctica de la soledad que hace posible el amor.[3]

Resulta curioso y sugerente el entendimiento de Paz sobre el surgimiento del amor como algo heroico a partir de la dialéctica de la soledad. Según éste, sin esta dialéctica de la soledad, sería imposible que se diese el amor, puesto que el amor sólo se da en respuesta al anhelo de trascendencia de esta soledad consciente, angustiosa y atormentadora. Al suprimirse la dialéctica de la soledad, por la razón que sea, el amor no podrá desplegarse en su totalidad.


Ahora bien, si la lectura que se está haciendo aquí resulta correcta, entonces podría sugerirse que esta postura puede implicar la búsqueda egoísta del otro en tanto que el otro funge como un alivio tentativo y efímero para sobrellevar la soledad; no se busca al otro en tanto que otro; no se busca al otro como un fin en sí mismo, sino como un medio. Si bien en ningún momento afirma paz que su concepción del amor es una concepción cristiana, resulta indubitablemente sugerente su sentencia de que “soledad y pecado original se identifican”.[4]

El hermetismo irreductible del mexicano

Habiendo postulado la soledad angustiosa como el problema existencial del mexicano por antonomasia, resulta razonable utilizarlo como hilo conductor de algunas otras notas esenciales del mexicano que pueden tanto contrastarse como derivarse de ésta. En este sentido, debe sugerirse como menester el tratar el patente hermetismo tan marcado del mexicano, el cual se manifiesta como una paradójica defensa de la interioridad y soledad del mexicano ante los enemigos exteriores (de cualquier índole) que buscan adentrarse en la subjetividad de éste. Octavio Paz aporta algunas observaciones e intuiciones semánticas sumamente ilustrativas en el contexto de términos como “rajarse” y “abrirse”:

El lenguaje popular refleja hasta qué punto nos defendemos del exterior: el ideal de la “hombría” consiste en no “rajarse” nunca. Los que se “abren” son cobardes. Para nosotros, contrariamente a lo que ocurre con otros pueblos, abrirse es una debilidad o una traición. El mexicano puede doblarse, humillarse, “agacharse”, pero no “rajarse”, esto es, permitir que le mundo exterior penetre en su intimidad. El “rajado es de poco fiar, un traidor o un hombre de dudosa fidelidad, que cuenta los secretos y es incapaz de afrontar los peligros como se debe. Las mujeres son seres inferiores porque, al entregarse, se abren. Su inferioridad es constitucional y radica en su sexo, en su “rajada”, herida que jamás cicatriza.[5]

Entonces, la apertura de nuestro ser hacia el otro resulta inconcebible para el mexicano so pena de que su “hombría” salga perjudicada profundamente. Esta observación resulta intrigante e iluminadora a la vez, puesto que da luz sobre el juego de los “albures”. Los albures, según Paz, implican un agente activo y otro pasivo en una riña verbal entre varones, la cual alude a actos sexuales en el contexto de los cuales uno de los dos contendientes, es decir, el pasivo, termina por “abrirse” o “rajarse” ante el otro (el agente activo). Así pues, para el ensayista mexicano, “todas estas actitudes, por diversas que sean sus raíces, confirman el carácter ‘cerrado’ de nuestras reacciones frente al mundo o frente a nuestros semejantes”.[6]


Este tipo de situaciones son sintomáticas de la constitución hermética y solitaria del mexicano frente al rostro del otro. Aunque, si el análisis de Paz es correcto, resulta indiscutible el hermetismo del mexicano. Empero, en el contexto de la dialéctica de la soledad, habrá que señalar que este hermetismo es irreductible, puesto que éste es una condito sine qua non de aquél. En otras palabras, si el mexicano se abriera al otro, su soledad cesaría concluyentemente. Pero, una vez que la soledad cesa, también el principio dinámico que orienta a la búsqueda del otro cesa. De esta manera, se puede percibir de forma muy palpable que existe una ineludible paradoja en el mexicano entendido en los términos de Paz. Por un lado, si se abre, y alcanza al inalcanzable otro, entonces éste deja de querer alcanzarlo, porque el principio que motivaba a querer alcanzar al otro era la soledad, la cual (una vez alcanzado el otro) se vuelve un elemento inexistente una vez que éste ha sido alcanzado. Es decir, ya posee el fin por el cual fue movido. Por consiguiente, el hermetismo es menester para obtener la soledad, la cual a su vez resulta necesaria para la búsqueda del otro.

Pérdida de raíces del mexicano

Además de la constitución solitaria y hermética del mexicano, se encuentra el mexicano arrojado ineluctablemente en un mundo en donde la orfandad social y el malinchismo prevalecen como principios reinantes. El escritor mexicano lleva a cabo un excepcional recorrido hermenéutico de la historia de México, sus crisis, sus conquistas y su desarraigo vital y cultural. En México, las etapas históricas pueden escindirse, grosso modo, en tres grandes capítulos: la Conquista-Independencia, la Reforma (junto con el Porfiriato) y la Revolución. En la Conquista-Independencia, la cultura y cosmovisión indígena fueron sustituidas por el catolicismo romano, el cual fue, según Octavio Paz, solamente superpuesto sin genuinamente arraigarse totalmente a la mentalidad mexicana.


Durante la Reforma (y el Porfiriato) se buscó deshacerse tanto de las raíces indígenas como de la herencia cristiana, tratando de sustituir estas raíces con un positivismo dogmático acérrimo. Este cambio contribuyó a generar un severo golpe para los mexicanos, particularmente los que no estaban viviendo bajo la ilusión burguesa y eurocéntrica del positivismo. Este golpe fue terrible en virtud de la falta de sustitución de raíces: mientras que el catolicismo romano había ofrecido una cosmovisión sólida sobre la base de la cual el mexicano podía encontrar su lugar en el mundo, la Reforma y el Porfirismo no ofrecieron nada a cambio del catolicismo. Esto fue uno de los factores y motivaciones principales a los que aduce Paz del éxito de la Revolución mexicana.


La Revolución mexicana estaba motivada fuertemente por la vuelta a las raíces indígenas. Según el ensayista mexicano, sin este contexto particular, resulta imposible comprender el éxito de Pancho Villa y Emiliano Zapata: el regreso al “calpulli” (las tierras comunales).[7] El problema fundamental, una vez la Revolución había sido consumada fue que no había ningún tipo de suelo sobre el cual construir, excepto por el programa de liberalismo tomado en vista de su popularidad en esos momentos entre la “inteligencia”, Esta situación deja mucho que desear, pues remita nuevamente a la orfandad vivida por el mexicano.


Esta orfandad y falta de identidad es sumamente precaria y paradójica como mucho del mexicano. Por un lado, el mexicano viviendo en México busca imitar a Europa y, últimamente, a Estados Unidos. Aunque es posible que esa tendencia esté tomando giros diversos, indiscutiblemente continúa permeando a la sociedad mexicana contemporánea. De ahí que el mexicano vive en un perpetuo e infame malinchismo. Por otro lado, el mexicano que vive en Estados Unidos experimenta un estado de desesperación, angustia y soledad radical; está avergonzado de sus raíces y, al mismo tiempo, busca no pertenecer a su lugar de residencia. El mexicano es un rebelde absoluto, puesto que ni se aferra a sus raíces mexicanas, puesto que (se podría argüir) no hay tales, ni adopta una nueva tradición en tanto que reside en otro país. El caso más patente de esta condición se puede observar en el “pachuco”:

Por caminos secretos y arriesgados el “pachuco” intenta ingresar a la sociedad norteamericana. Mas él mismo se veda el acceso. Desprendido de su cultura tradicional, el pachuco se afirma un instante como soledad y reto. Niega a la sociedad de que procede y a la norteamericana. El “pachuco” se lanza al exterior, pero no para fundirse con lo que lo rodea, sino para retarlo. Gesto suicida, pues el “pachuco” no afirma nada, no defiende nada, excepto su exasperada voluntad de no-ser…El “pachuco” es la presa que se adorna para llamar la atención de los cazadores. La persecución lo redime y rompe su soledad…Soledad y pecado, comunión y salud, se convierten en términos equivalentes.[8]

La orfandad del mexicano resulta ser un rasgo distintivo de éste en tanto que mexicano. Este distintivo no es sólo atribuible al “pachuco”. Más bien, todo mexicano se ve a sí mismo reflejado en el “pachuco”, el cual no tiene raíces lo suficientemente fuertes para sostenerse en pie. Así, al mexicano no le queda otra alternativa más que abrazar su inescapable soledad; tiene que usar máscaras ineluctables que lo resguarden; no puede “rajarse”; no puede “abrirse”; no puede trascenderse ni dejar de abrazar su nihilismo y desarraigo total. Ese es el mexicano: un ser solitario, pero definitivamente no “rajado”.


La perpetua búsqueda de sentido y propósito del mexicano

Finalmente, una vez que se ha comprendido la soledad, el hermetismo y la carencia de raíces del mexicano, cabe, sin lugar a duda, resaltar un último elemento indispensable para un análisis fenomenológico completo y profundo del mexicano, a saber, su constante y perpetua búsqueda de sentido. Como se apuntaló con anterioridad, para el mexicano la apertura al otro es inconcebible, pues la soledad ontológica tiene inexorablemente un carácter normativo. Sin embargo, es interesante notar que la soledad puede fungir como una plataforma adecuada para plantearse la pregunta por el sentido de la existencia del ser humano que experimenta esta soledad.


Es menester reflexionar profusamente sobre las implicaciones de la soledad en tanto que angustia autoconsciente y búsqueda de la trascendencia hacia el otro. En este sentido, aunque Octavio Paz no sugiere dicha propuesta directamente, cabe plantearse la pregunta por el Totalmente Otro o el Absolutamente Otro. Si la soledad angustiosa es aparentemente constitutiva no sólo del mexicano, sino también del hombre en general, y ésta debe ineluctablemente suscitar un dinamismo con vistas a la trascendencia, ¿es posible replantear la soledad como constitutiva del hombre en la actualidad, y contrastarlo con un plausible estadio anterior, donde la alienación no era constitutiva? ¿Vale la pena hacerse ese tipo de planteamientos a la luz de la caída del imperialismo de la modernidad y la razón? ¿Es posible evadir totalmente la interrogante kantiana de “¿qué puedo esperar?” a la luz de la soledad y alienación angustiosa humana?


En último término, hay que plantearse la pregunta de si el ser humano, mexicano o no, puede evadir el cuestionamiento sobre el sentido último de la existencia humana. Así pues, parece sumamente interesante uno de los comentarios finales de Octavio Paz. Él dice lo siguiente:

Toda sociedad moribunda o en trance de esterilidad tiende a salvarse creando un mito de redención, que es también un mito de fertilidad, de creación. Soledad y pecado se resuelven en comunión y fertilidad. La sociedad que vivimos ahora también ha engendrado su mito…El hombre moderno tiene la pretensión de pensar despierto. Pero este despierto pensamiento nos ha llevado por los corredores de una sinuosa pesadilla, en donde los espejos de la razón multiplican las cámaras de tortura. Al salir, acaso, descubriremos que habíamos soñado con los ojos abiertos y que los sueños de la razón son atroces. Quizá, entonces, empezaremos a soñar otra vez con los ojos cerrados.[9]

Reflexiones finales desde una filosofía con pretensiones de universalidad

En suma, tomando algunos elementos del ensayo de Octavio Paz, el mexicano es un ser solitario, cuya soledad funge como horizonte de interpretación de la vida humana. Este horizonte es un horizonte rebosante de angustia. La angustia es la soledad experimentada por el mexicano. En esta angustia, el solitario mexicano se vuelve un ser paradójicamente hermético, lo cual, a la luz de su carencia de raíces firmes y establecidas sugiere una cierta plausibilidad. Sin embargo, ninguno de estos elementos puede deslindarse fácilmente de la pregunta por el propósito y sentido último de la existencia solitaria. Más bien, la existencia solitaria, hermética y sin raíces del mexicano genera ineludiblemente la pregunta de la relación con el Totalmente Otro, de la apertura al Trascendentalmente Otro y la búsqueda de raíces que trasciendan naciones y pueblos particulares en una suerte de cosmopolitismo nuevo y más profundo.


Finalmente, hay que entender una nota importante. Octavio Paz señala la orfandad y la herencia no sólo del mexicano sino de todo ser humano. Actualmente, según el escritor mexicano, por primera vez, el mexicano se encuentra a la par del europeo. En Europa no hay un fundamento sólido o una filosofía que no haya caído junto con el idealismo universalista. Esto permite al mexicano postular una filosofía que sirva a todo el mundo por igual.


En cierta medida, parece que las explanaciones y análisis descriptivos extraídos desde el mexicano pueden aplicarse igualmente, atendiendo a ciertos matices, a todo ser humano. Esta propuesta es consistente con Paz, quien dice: “La SOLEDAD, el sentirse y el saberse solo, desprendido del mundo y ajeno a sí mismo, separado de sí, no es característica exclusiva del mexicano. Todos los hombres, en algún momento de su vida, se sienten solos; y más: todos los hombres están solos.” Si esto es cierto, las problemáticas suscitadas en las páginas anteriores deberán ser analizadas, y, en caso de ser problemas legítimos, demandarán una respuesta propositiva. De esta faena ni el mexicano ni el no mexicano se pueden “rajar”.


Referencias [1] Paz, O., El laberinto de la soledad, Distrito Federal: Fondo de Cultura Económica, 2015, p. 146. [2] Cf. ibid., p. 212. [3] Ibid., pp. 218-219. [4] Ibid., p. 224. [5] Ibid., pp. 32-33. [6] Ibid., p. 43. [7] Cf. Ibid., p. 154. [8] Ibid., pp. 19-20. [9] Ibid., pp. 230-231.

 
 
 

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